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Miguel Faílde: El Creador del Danzón

Descubra cómo Miguel Faílde y la extraordinaria vida musical de Matanzas ayudaron a cristalizar el danzón, un nuevo baile cubano que surgió de transformaciones anteriores de la contradanza y la danza y llegó a convertirse en uno de los grandes símbolos musicales de Cuba.

Instituto Folklórico Cubano Americano

10/18/20264 min leer

Miguel Faílde: El Creador del Danzón

La historia de cómo un músico matancero dio forma definitiva a un nuevo baile cubano y abrió otro capítulo en la evolución de la música nacional

La historia del danzón está inseparablemente ligada a Matanzas, una ciudad cuya intensa vida cultural del siglo XIX favoreció extraordinarios encuentros entre tradiciones musicales europeas y afrocubanas. Allí, el compositor, cornetista y director de orquesta Miguel Faílde desempeñó un papel decisivo en la consolidación de una nueva forma de música y baile. Su célebre Las Alturas de Simpson, estrenado públicamente el 1 de enero de 1879, se reconoce convencionalmente como el primer danzón y como un momento fundamental de la historia musical cubana.

Un músico formado en la Matanzas del siglo XIX

Miguel Ramón Demetrio Faílde Pérez nació en Matanzas en 1852 y desde joven desarrolló notables capacidades musicales, especialmente como ejecutante del cornetín. En 1871 organizó su propia agrupación, la Orquesta de Miguel Faílde, dentro de una ciudad donde bailes, sociedades y reuniones musicales formaban parte importante de la vida social. Aquella experiencia como instrumentista, compositor y director lo situó en un ambiente particularmente fértil para observar cómo estaban cambiando la música y el baile cubanos.

Faílde, sin embargo, no creó el danzón de la nada, y esta precisión es esencial para comprender su verdadero mérito. Durante décadas, la contradanza y la danza habían experimentado un proceso gradual de cubanización mediante transformaciones melódicas, rítmicas y coreográficas desarrolladas por generaciones de músicos y bailadores. Estudios históricos señalan que elementos reconocibles del futuro danzón estaban presentes antes de 1879, de modo que Faílde debe entenderse como el músico que cristalizó y proyectó una forma que llevaba tiempo gestándose.

Las Alturas de Simpson

El acontecimiento que quedó grabado en la historia ocurrió el 1 de enero de 1879, cuando la orquesta de Faílde interpretó Las Alturas de Simpson en el Liceo Artístico y Literario de Matanzas. El título hacía referencia a Simpson, un barrio matancero, vinculando desde el propio nombre la nueva composición con el paisaje humano de la ciudad. Aquel estreno se convirtió posteriormente en el punto de referencia convencional para señalar el nacimiento público del danzón como género definido.

Existe incluso evidencia de que Las Alturas de Simpson había sido compuesta antes de su célebre estreno de 1879; una investigación académica basada en fuentes históricas sitúa la composición en junio de 1877. Esto refuerza la idea de que el nacimiento de un género musical rara vez ocurre instantáneamente durante una sola noche. El primero de enero de 1879 representa mejor el momento simbólico en que un proceso musical anterior encontró una forma, un escenario y un nombre capaces de entrar definitivamente en la memoria cultural cubana.

Del baile colectivo a la pareja

El propio Faílde dejó un testimonio particularmente interesante sobre el origen del nombre. Según sus recuerdos, en Matanzas ya existía un baile de figuras llamado “danzón”, ejecutado por numerosas parejas que realizaban movimientos coordinados mientras llevaban arcos y flores. Cuando le solicitaron música para acompañar aquel baile, explicó Faílde, comenzó a surgir la idea de la nueva forma que terminaría llevando el mismo nombre.

El danzón que emergió de este ambiente se apartó progresivamente de las antiguas configuraciones colectivas y favoreció el baile de pareja. Su estructura musical también ofrecía contrastes entre secciones, permitiendo momentos de paseo, pausa y baile que se convertirían en rasgos característicos de la experiencia danzonera. Música, coreografía y comportamiento social evolucionaron conjuntamente, haciendo del danzón mucho más que una simple composición musical.

La orquesta típica y el sonido original del danzón

El danzón de Faílde no nació inicialmente con la flauta, violines y piano que posteriormente asociaríamos con la charanga francesa. Su orquesta era una orquesta típica, y las fuentes documentan una instrumentación que incluía clarinetes, violines, cornetín, trombón, figle u oficleido, contrabajo, timbales y güiro. Ese sonido, con una importante presencia de instrumentos de viento, pertenece a la primera etapa histórica del género.

Con el paso del tiempo, otros músicos transformarían profundamente aquella sonoridad y ampliarían las posibilidades estructurales del danzón. Las charangas aportarían una textura diferente, mientras figuras posteriores como José Urfé, Aniceto Díaz, Antonio María Romeu, Orestes López e Israel “Cachao” López abrirían nuevos caminos hacia el danzonete, el danzón-mambo, el mambo y otras expresiones. El logro de Faílde fue abrir una puerta que generaciones posteriores continuarían atravesando.

Un baile convertido en memoria nacional

El danzón se extendió desde Matanzas hacia La Habana y otras regiones de Cuba hasta ocupar un lugar excepcional dentro de la vida musical y social de la isla. Su elegancia, sus pausas, el diálogo entre música y pareja y su capacidad para absorber nuevas influencias permitieron que continuara evolucionando durante décadas. Matanzas quedó para siempre identificada como la cuna de una tradición que posteriormente viajaría también fuera de Cuba, particularmente hacia México.

Recordar a Miguel Faílde como creador del danzón no significa borrar a los músicos y bailadores que participaron en el largo proceso cultural que lo hizo posible. Significa reconocer al compositor que, dentro de aquella evolución colectiva, dio forma y visibilidad histórica a una expresión que llegó a representar profundamente a Cuba. El danzón demuestra así una de las características más fascinantes del folklόr cubano: la capacidad de recibir múltiples herencias, transformarlas lentamente y convertirlas en algo inequívocamente propio.

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